De mirones y exhibicionistas

martes, 2 de febrero de 2010

"La del pirata cojo", de Joaquín Sabina.



No me resulta fácil hablar sobre Carnaval. Es la idea que me viene rondando por la cabeza desde que mi amigo Juan Antonio me encargara escribir la editorial de esta publicación tan esperada como deseada todos los años cuando llega el mes de febrero. Y no me resulta fácil hacerlo sencillamente porque esta fiesta quizá sea la menos indicada para ser relatada y la más propicia para ser vivida y experimentada hasta sus últimas consecuencias.


Por suerte llevo conociendo esta fiesta desde mi niñez gracias a mi padre José Luis. Él me disfrazaba y me llevaba de la mano para ver a las murgas cantar en el quiosco del Paseo del Mercado. Con él, cualquier anodina noche de invierno nos colábamos en la Casa de Cofradías en pleno ensayo de “César Au y sus Gustos”. Gracias a él no faltaba una verbena de Carnaval en el patio del colegio en el que estudiaba de pequeño... Y, claro está, la verdadera tradición está en lo que uno aprende de sus mayores y en este sentido he de reconocer que tuve la suerte de asumir el Carnaval como algo innato y que para un servidor nunca ha resultado traumático ponerse un disfraz o cantar en público por miedo a hacer el ridículo.

Sin embargo, no creo que nadie se moleste si digo que el ubetense medio es bastante más mojigato y temeroso para según qué cosas. Tanto el calendario festivo tradicional como la forma de ser del ciudadano en nuestro pueblo invitan a la contemplación más que a la participación. No hay nada que nos luzca más que plantarnos en una acera a ver pasar las procesiones que salpican todas y cada una de nuestras fechas festivas. No encontrarás calles abarrotadas de mirones solamente en Semana Santa, sino que se monta procesión para el traslado de cualquier Santo, para la víspera de Reyes, San Miguel, San Isidro, Cabalgata de gigantes y cabezudos... Sea por tradición, sea por falta de compromiso o por ambas cosas nos gusta que nos lo den todo hecho y, en estas circunstancias, recuperar una fiesta como el Carnaval que no es sino una expresión popular y que por tanto necesita de la participación masiva de la gente, tenía en sus inicios visos de no ser otra cosa que flor de un día.

Pero sucede que el ubetense, además de ser acomodaticio o “perrón”, también suele ser terco o “cabezón”. Por suerte la afición de unos pocos que no cejaron ni se rindieron se fue propagando y extendiendo. Y aquí entra el papel importante que tuvieron en su día las agrupaciones. Es cierto que no se conseguía que la gente se disfrazara en gran número ni se organizaban grandes eventos. Pero no es menos cierto que desde el sábado hasta el martes de Carnaval había mucho ambiente por los bares y las plazas y no poca gente que deseaba que apareciera cualquier murga o chirigota haciendo tipo y les dedicara unas coplillas. Y como el ubetense también es presumido, pronto empezó a haber competitividad o “piques” entre agrupaciones para atraer la atención del respetable que de alguna manera extendió algo más el gusanillo y consolidó el concurso de agrupaciones que desde casi el principio ha abarrotado las butacas del Teatro Ideal, del Hospital de Santiago o incluso del polideportivo Municipal.

Reconozco que mi visión sobre el tema es totalmente parcial y que cualquiera podría rebatirme todas estas cosas con argumentos contrarios y mucho más válidos. Sin ir más lejos podrían sencillamente decirme que esto del Carnaval no deja de ser una entretenta de cuatro. Que no es una tradición en nuestro pueblo y que no le pinta a personas decentes ir por ahí haciendo el loco disfrazados de mamarrachos y bebiendo tanto vino que uno pueda pensar que se están secando los lagares. Pero a mi entender a nuestro pueblo le hace mucha falta el Carnaval y nuestra gente debería ser más carnavalera. El Carnaval hace pueblos más libres, más abiertos y más solidarios, más conectados a sus acontecimientos y sucesos cotidianos. El carnavalero por su parte, no solo canta y se divierte, que ya es importante, sino que provoca la diversión. El carnavalero tiene que ser ingenioso, creativo, simpático, extrovertido, tolerante, crítico y autocrítico, reivindicativo, nada vergonzoso... En una ciudad como la nuestra que por desgracia tantas veces se ha plegado sobre sí misma, mirándose el ombligo, nos vendría bien tomarnos la vida con algo más de filosofía y abrir las ventanas de las casas para que entre el aire.

Lo que sí resulta curioso es ver como año tras año esta manera tan exhibicionista de festejar se va consolidando en la rutina del ubetense. Un claro exponente de lo que digo es el baile posterior a la cabalgata, actualmente ubicado en la carpa instalada en la plaza de toros. Ni los más optimistas y entusiastas defensores del Carnaval de nuestro pueblo hubiésemos imaginado hace bien poco disfrutar de una fiesta de disfraces tan multitudinaria y tan desenfadada. Podría decirse que nuestro Carnaval empieza a ser poderoso por detalles como este. Cada día más gente se anima a quitarse los miedos y los corsés y descubre que tras un disfraz puede vivir fantásticas aventuras y momentos inolvidables. Esto es lo que tiene de grande nuestra fiesta. En este sentido, siempre consideré una letra muy carnavalesca la canción “La del pirata cojo” de nuestro paisano Joaquín Sabina, cuando dice:

“No soy un fulano con la lagrima fácil de esos que se quejan sólo por vicio.
Si la vida se deja yo le meto mano y si no, aún me excita mi oficio.
Y como además sale gratis soñar y no creo en la reencarnación
con un poco de imaginación partiré de viaje enseguida
a vivir otras vidas, a probarme otros nombres,
a colarme en el traje y la piel de todos los hombres que nunca seré” […]


Y es que, como ya he comentado anteriormente, don Carnal es un gordinflón exigente que nos pide la máxima implicación y compromiso pero que también sabe recompensarnos. Por los vericuetos de la algarabía y el exceso uno consigue deshacerse de sí mismo por unas noches y convertirse en los personajes más inverosímiles y extravagantes. Todo vale porque no hay más límites que los del respeto al prójimo y no hay más obligación que la de divertirse. Finalmente, no hay mayor gozo que el de sentirse un loco aullándole a la luna de febrero entre fachadas de piedra y calles de adoquines.

Esto es Carnaval. Quien lo probó lo sabe.

Publicado en el anuario "Pregonero de Carnaval". Úbeda 2010.

2 comentarios:

Medina dijo...

Y olé.

Lorite dijo...

Me gusta esto que escribes, amiguete. Y encima, me has hecho recordar cuando mis padres me llevaban disfrazado al Hospital de Santiago o al colegio en los parbulitos.
Y ver la cabalgata que hoy en día hay en Úbeda y el baile de disfraces, debería ser motivo de orgullo para la ciudad. Pero está claro que no todo el mundo piensa igual y tenemos muchos derrotistas en contra de la fiesta. Pero es lo que tenemos los ubetenses, que lo poquito que conseguimos, nosotros mismos tendemos a hundirlo.
Pero bueno, que en una semanica estaremos disfrutando del carnaval, le pese a quien le pese.